Un paseo por Sónar 2018


15/06/18

808 Radio – Juan Antonio Lorente

Ponerse a escribir sobre Sónar, recién terminado, siempre es difícil. Se hace sobre una mezcla indefinida de sentimientos y el cansancio acumulado de cuatro fugaces días; cargados de reencuentros, nuevas caras y proyectos, masajes a los oídos y un obligado afinamiento visual. Un Sónar, que en su 25 Aniversario, ha vuelto a batir récords dando cobijo a 126.000 asistentes, repartidos de manera equilibrada entre la noche y el día.

Un día, que siempre es el punto de partida y que en esta ocasión no fue primera toma de contacto, ya que –por fin– nos pudimos dejar caer por la jornada del miércoles de Sónar+D, que puede resumirse en el gran acierto que supone el soltar a parte de los participantes, alrededor de una gran paella, en el SonarVillage; el momento perfecto de retocar la agenda de cara a la semana.

Una semana, que para el grueso del público comienza la mañana del jueves y en la que, desde primera hora, tuvo nuestros ojos bien atentos y los oídos bien despiertos, primero echando la visita de rigor al MarketLab, donde pudimos probar la nueva Xone 96 de Allen&Heath, o toda la gama de productos Elektron. Al final de ese camino, el Networking Bar y sus primeros reencuentros, intercambio de impresiones, café y rumbo a descubrir.

Primeramente, la nueva apuesta de Marc Marzenit junto a Albert Barqué-Duran, The Zero Gravity Band, proyecto que trata de acercarnos a un mundo ingrávido, dentro de un domo de 11 metros de diámetro, en el que la luz y la música tienen un papel fundamental; esta última creada por Marc, en una situación de micro gravedad, gracias a un viaje en Airbus simulando esas condiciones. El resultado es extraño, perder el sentido de la realidad –tan pronto y de manera natural– en Sónar asusta. Ellos lo consiguieron.

Subir al espacio, conlleva aterrizar. La pista de aterrizaje: el imponente SonarDôme, en él, y como controladores de vuelo, The Venopian Solitude. No todos los días se tiene la oportunidad de escuchar a una artista –alumna de RBMA– malasia en directo, que se atreve con su propia lengua y, como no, con el inglés. No estaba sola, acompañada de la banda, la puesta en escena es potente, mucho juego con sintetizadores y un toque jam endulzaron los primeros minutos de Sónar.

Tiempo muerto para inflar la barca y disponerse a remar a través del recinto, hacer el check en todas y cada una de las salas, algo que nos sirvió como pasatiempo hasta volver a encontrarnos con Óscar Mulero, esta vez dando vida a su proyecto Monochrome. Una suerte de relato “antiguo” –y oscuro– en lo visual, en la que un caminante sin aparente destino, se deslizaba por la pantalla al ritmo de un lineal y estático Óscar Mulero, que se dedicaba a trufar y llevar al máximo las posibilidades de los sub graves del SonarHall, con una concepción sonora muy cercana a sus últimos trabajos en Semántica y que estuvo bien respaldada por un entregado público, que esta vez no bailó.

De Óscar a Undo. Porque si algo bueno tiene Sónar, es no olvidarse de la multitud de artistas que inundan este país. Teníamos ganas de escucharle en directo, sobre todo después de haber hablado con él con motivo de su último álbum “Disconnect”, y la impresiones y sensaciones fueron buenas. Undo, convertido en un auténtico hombre orquesta, no tenía pudor en meter mano a todas y cada una de las máquinas que poblaban –nutridamente­– su mesa de trabajo, a la vez que susurraba y hablaba a un micro que –previo paso por vocoder– daba forma a las imposibles voces, ya características.

Tuvimos que hacer parada, desplegar vela, soplar y tirar directamente –de nuevo– hacia SonarDôme; allí nos esperaba Kode 9 presentando su colaboración junto a Motohiro Kawashima. Como si de un cine se tratara –sin patio de butacas eso sí– las pantallas nos transportaban a un mundo mágico, cargado de manga, con una banda sonora de impecable factura, en la que los breaks, los strings y el ritmo al más puro estilo 4×4 cohabitaban a la perfección, incluso visitando el jungle, mientras la historia iba sucediéndose como hipnotizada por esa atmósfera.

Lo de salir de Málaga, para meterse en Malagón, es una de esas cosas que más nos gustan de Sónar, y es que, el casi acabar corriendo por la Fira de Montjuic, esquivando al personal –siempre con elegancia y máxima educación– para poder llegar a otra de las citas, es uno de nuestros deportes favoritos, y que practicamos durante tres días seguidos. La cita, por supuesto, era comer.

Una vez cargadas las pilas y reconciliados con el sol, turno de guiar el camino a SónarHall. Un nuevo espectáculo audiovisual nos esperaba, el de Sinjin Hawke junto a Zora Jones, quienes eran representados –reproducidos más bien– por formas plásticas de una manera muy precisa en las pantallas. Con la idea de llevarnos al discurso del baile más primitivo, Sinjin y Zora, no solo se limitaban a manejar su máquinas, sino a través de detectores de movimiento, tocar la música de manera literal y plenamente acertada.

Volver a partir, esa era la tónica, de nuevo a SónarVillage, donde KokoKo estaba poniendo punto y final a un animado concierto con mucho sabor africano, étnico e incluso experimental en lo extraño de alguno de sus instrumentos, en el que la sombra ya empezaba a cotizarse al alza. No hemos hablado aún de SonarXS, era el momento de enfilar trayecto. Nos esperaban unas viejas conocidas, las islandesas CYBER y su directo; que accidentado en un principio –por culpa de algún problema con los micros– vino a desvelarnos la potencia y arrolladora forma de poner de vuelta y media el escenario del caballo.

Entre tanta experimentación, deleite visual y sonidos urbanos, el techno pedía paso desde, el comisariado por Red Bull, SonarDôme. Rain Forest Spiritual, o lo que es lo mismo, la unión de Dominick Fernow junto a Philippe Hallais y Silent Servant, nos tenían preparado un discurso en el que la naturaleza era transformada en agresivas piezas sonoras, dentro de una extraña combinación escenográfica que parecía evocar el espacio exterior, en la que tres no resultaron ser multitud.

Con algo menos de suela en la zapatilla, era momento de sentarse a disfrutar. Sí, sentarse y disfrutar son sinónimos de esa zona que nos faltaba por visitar, el SonarComplex. Allí estaba Jenny Hval, ante un vibrante patio de butacas, desarrollando una sofisticada y delicada exhibición musical, en la que el alma estaba muy presente. Nos hizo pensar, mientras jugaba a inspirar con su cautivadora voz. Fue el plan perfecto.

Una vez descansados, era momento de volver a desplegar velas. El viento soplaba dirección Hall, allí, teníamos cita con Daedelus y su proyecto Panoptes. El angelino, afortunado poseedor del don de la técnica se dedico a relatar un discurso feliz, muy americano y en todo momento acompañado por las sombras y luces que parecían nacer detrás suya. En ese momento SónarHall, estaba casi al límite de su capacidad; algo que nos permitió comprobar lo heterogéneo del personal allí danzante.

El chute de buen rollo ya estaba ahí, en plena ebullición, esperando el discurso poético y milimetrado de una de las sensaciones –de nuevo– del festival, El Niño de Elche. Una sacudida en toda regla; en un guiño constante a Machado, recitando un texto mientras su acompañante, Israel Galván, no paraba de taconear sobre lo que tocara, desde un cajón a una valla, creando un hilo conductor, únicamente alterado por los quebrantos y efectos vocales de Francisco Contreras.

Rematamos la primera jornada con la visita a un infierno con tintes paradisiacos, Despacio. El proyecto de James Murphy junto a los hermanos Dewaele, se encargó de apagarnos la vista –después de tanto uso– para llevarnos a un lugar indeterminado, en el que irreconocibles piezas de italo disco conformaban una especial y embriagante sensación que no tardaba de apoderarse de todo aquél que allí entraba.

Después de una reparadora y dulce noche por la ciudad de Barcelona, tocaba volver a Fira Montjuic. A decir verdad, no fuimos muy madrugadores. Nuestro punto de inicio era el concierto de Henry Saiz y su Band en SónarHall. Por fin teníamos la oportunidad de volver a verles en directo y lo hicimos con algún que otro problema de sonido al principio de la actuación, que el público supo llevar bien –los músicos mejor– lo que ayudó a la banda a interpretar con fuerza ese discurso analógico y orgánico que tuvo como hilo conductor el último álbum, “Human”.

El siguiente elegido en la lista, Claude Speeed. En el Dôme estábamos los elegidos, a los que Claude supo tratarnos, acariciando con sus bajas frecuencias nuestros rostros. No le hizo falta generar ningún bombo, daba igual, estábamos en su bolsillo. Él, lo sabía, tanto que en algún momento llegó a olvidarse de los allí presentes para ponerse a experimentar ciertos juegos sonoros que en algún tramo llegaron a rozar la estridencia, a lo que Claude –con media sonrisa– respondió con un lo siento.

No había que moverse de allí, completamente anestesiados –y extasiados, que bonita contradicción– tocaba esperar el turno de los amigos Cora Novoa y Clip, los cuales presentaban directo. Una atrevida puesta en escena con modulares incluidos y centrada en el –a esas horas cotizado– sonido techno, que daba la impresión no arrollar todo lo que debiera haber arrollado, quizá por algún tipo de compresión o limitación que hizo bajar ostensiblemente el volumen. Queríamos conocer a Rosalía, era la sensación, todo el mundo hablaba de ella, estaba claro que el lleno estaba asegurado. Tanto que se formó una auténtica pelota humana frente a la puerta de un Hall absolutamente abarrotado, no cabía nadie más, tocará esperar. La cura, volvió a ponerla Despacio.

El sábado –después de una grandiosa noche en Fira Gran Vía, en la que volvimos a disfrutar del directo de Bonobo, de unos irreductibles Modeselektor y de la motivación sonoro noventera de Bicep– el verde de SónarVillage presentaba los primeros cuerpos tumbados, durmiendo plácidamente a la sombra. Y es que allí, se estaba de lujo. Sobre todo pudiendo escuchar a IAMDBB y su mezcla de músicas urbanas con ese toque jazz, que era el recibimiento perfecto.

A tono, había que andar hacia el Dôme, allí nos encontraríamos con el Joshua Eustis (Telefon Tel Aviv) junto a Turk Dietrich, dando forma a Second Woman. Partículas, keys sobre paisajes y un flash destellante contra el público, eran la receta perfecta para encandilar a un entregado público que no paraba de disfrutar con esa deconstrucción constante de loops que creaban un sintético groove, que en algunos tramos de ritmo roto recordaban a TTV.

Previo paso por el directo de Rels B en Village, y la curiosa puesta en escena de Lorey Money en el XS, Cornelius llamaba a nuestra puerta, lo hacía desde el Hall, con una batería que parecía marcar el camino hacia una pantalla que proyectaba las siluetas del escenario. Ritmos brasileños, cercanos al rock, guitarreo y mucha heterogeneidad sonora, daban como resultado una verdadera fabrica de loops orquestales, que eran acariciados por una modulada voz que por momentos pareció evocar a Kraftwerk.

Así bajábamos el telón de Sonar Día, por delante nos quedaba toda la noche del sábado, con el plato fuerte de LCD Soundsytem. Uno de esos conciertos que quieres duren eternamente, que se disfrutó tanto por las orejas como por los ojitos. Una realización increíble, fue capaz de mostrar hasta el más mínimo detalle de todo lo que ocurría en el escenario de un SónarClub en completa ebullición. ‘Oh Baby’, ‘Get Innocuous!’, ‘Call The Police’, ‘Movement’, ‘Tonite’, ‘Home’, ‘I Want Your Love’, ‘Yr City’s a Sucker’ o ‘American Dream’ elevaban a cotas insospechadas la entrega de Murphy y los suyos, en poco menos de dos horas que siempre quedarán para el recuerdo.

Después de esto, solo quedaba deambular por una agitada y repleta Fira Gran Vía, en la que destacamos el directo de Fatima Al Qadiri, la fuerza de Thom Yorke y el dominio sobre SónarCar de Talabot durante 6 horas. Un SónarCar que fue el lugar en el que murió nuestra enésima aventura en Sónar. Una aventura que como siempre, nos deja claro: lo mejor siempre está por llegar.

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