Proyecto Whater – Historias que inspiran II


por Santiago Fernández

Boyan Slat, un chico holandés de dieciséis años, bucea con un amigo en Grecia. Fuera del agua, su amigo le habla entusiasmado de las mil medusas que pudo ver. Boyan parece hablarse a sí mismo mientras le contesta. Son bolsas de plástico, dice mirando el piso.


Dos años más tarde, en 2012, Boyan se encuentra en la pequeña ciudad holandesa de Delft como orador de una charla Ted. A sus espaldas se proyectan algunas fotos de sus vacaciones en Las Azores. Se lo puede ver buceando en aguas cristalinas. Una foto de la arena de la playa rompe el hechizo. Basura plástica por todos lados. Boyan camina hacia el fondo del escenario y toma un recipiente de vidrio lleno de fragmentos plásticos recolectados ese día. Curioso que no abunde el color rojo ¿no creen? pregunta a su público. Sucede que la aves marinas confunden ese color, como ningún otro, con alimento. A sus espaldas puede ahora apreciarse un revuelto de plumas con pico, repleto de pequeños restos plásticos rojos inmaculados. Una autopsia de gaviota hecha por el tiempo. Además de matar directamente a la fauna marina, el plástico envenena la cadena alimenticia que termina en nosotros, continúa Boyan. Cuando hablo de estos temas ambientales me suelen responder que esto es algo para preocuparse en el largo plazo, algo que deberán enfrentar nuestros hijos: “Hola, aquí estoy yo”, dice levantando una mano.

¿Por qué no limpiamos este desastre? es la simple pregunta que se plantea. En la charla explica su trabajo para una asignatura del instituto que le permitió estudiar el asunto en profundidad. Con redes de arrastre estudiaron los distintos tamaños de plásticos presentes en el agua, cómo separar de las muestras extraídas el plancton sin dañarlo y cómo se distribuyen los residuos según la profundidad del océano. Bastante impresionante para ser el trabajo de unos chicos de dieciocho años. Claro que no terminamos ahí nuestro trabajo, dice Boyan, porque no se puede limpiar algo si se desconoce su tamaño. Ante la gran diversidad de estimaciones, se había puesto en contacto con algunas universidades de Delft, Ultrech y Hawaii y llegado a un número tan grande que se vuelve abstracto hasta que Boyan lo traduce: el equivalente en peso a mil torres Eiffel. Finaliza exponiendo su solución, un sistema que utiliza las corrientes de los oceános a su favor y no requiere combustibles para operar. Además, los ingresos del reciclaje del plástico extraído harían la operación rentable. Por favor, no me digan que no podemos limpiar esto juntos. El público aplaude.

La charla y la idea pasan desapercibidas. La vida continúa. Boyan ingresa a la universidad para cursar estudios en Ingeniería Aeroespacial. Avanza con su proyecto de forma paralela. Lejos de desanimarse, su entusiasmo aumenta. Seis meses después abandona la carrera y funda The Ocean Cleanup. Su capital inical: 300 euros. Una noche de marzo del 2013 todo va a cambiar. Diversos sitios de noticias levantan la charla Ted. Las visitas se multipilican por miles, la idea se vuelve viral. Boyan aprovecha el momento y reune noventa mil dólares mediante crowdfunding. Se conforma un equipo de trabajo. El proyecto despega.

El primer paso es determinar la viabilidad del proyecto que continúa siendo una idea. Durante un año, un equipo multidisciplinario que incluye más de cien voluntarios estudia a fondo el tema y publica sus resultados en un documento de más de quinientas páginas. El proyecto se encauza.

Una vez validada la idea, en 2014 se lanza una nueva campaña de financiación colectiva. Con el apoyo de 38,000 personas de 160 países alcanzan la suma de 2,152,282 dólares. La cifra bate el récord de recaudación de una organización sin fines de lucro. El proyecto se dispara.

Los años siguientes continúan los análisis y estudios. Se resuelve concentrar esfuerzos en la gran mancha del Pacífico, una isla de residuos flotantes ubicada entre California y Hawaii. A partir de un mapeo aéreo con sensores se la dimensiona: 1.6 millones de km cuadrados (tres veces el tamaño de Francia) conteniendo un total de 1,8 billones de piezas de plástico (unas 250 por cada persona en el planeta). Se realizan las primeras pruebas de campo. Unas 237 con modelos a escala y 6 expediciones en mar abierto. Llega la hora de la lanzamiento.


El 8 de setiembre del 2018 zarpa desde San Francisco el System 001. Podría resumirse como un sistema de barrido automático. Está compuesto por un tubo flotante de 600 metros que contiene una red de tres metros de profunidad. La mayoría del plástico se encuentra bajo agua y es arrastrado por la corriente marina. El System 001, al flotar, se impulsa con el viento y oleaje además de la corriente. Esto le permite moverse más rápido que los residuos e irlos juntando. La red tiene más profundidad en el centro que en sus extremos, lo que genera que el System 001 adquiera naturalmente una forma de U que lo asemeja a un embudo. Al derivar con la corriente, se dirige a las zonas de la mancha donde hay más concentración de plástico. Está equipado con luces alimentadas por energía solar, sistemas anti colisión, cámaras, sensores y antenas para comunicación satelital que permiten ubicarlo en tiempo real. Periódicamente, una embarcación de soporte se traslada hacia el lugar y extrae todo el plástico reunido que será luego reciclado en tierra. Aquí puede verse una animación de su funcionamiento.

Es el primero de una serie de hasta sesenta dispositivos que se lanzarán antes del 2020 y permitirán reducir el tamaño de la gran mancha del Pacífico en un 50% cada 5 años. Combinando la limpieza con tareas de prevención en tierra firme The Ocean Cleanup estima que para el año 2050 no habrán más residuos plásticos en los océanos. Una meta sin dudas ambiciosa. Pero si pensamos en aquel adolescente triste luego de bucear entre bolsas de plástico hace tan sólo ocho años y todo lo que consiguió, hay esperanzas.

Por más información se puede visitar aquí.