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“Bioarte o la unión tecnológica entre el arte y la vida” por Daniel López del Rincón*

 

En la actualidad existe un nutrido grupo de artistas que, desde distintos lugares del mundo, está trabajando en el fértil contexto de relaciones en el que se combinan arte, biología y tecnología.

¿Cuándo empezó el bioarte?

Preguntarse por el inicio de esta manifestación artística es tan legítimo como controvertido. Aunque encontramos un antecedente directo del bioarte en una fecha bastante temprana en la figura de Edward Steichen (quien, aunque más conocido como fotógrafo, expuso en 1936 sus Delphiniums modificados genéticamente en el MoMA de NY), lo cierto es que no será hasta la década de los noventa cuando se perciba un interés claro y articulado por parte de distintos agentes. Exposiciones, revistas, teóricos y artistas empiezan a crecer exponencialmente a finales del siglo XX en torno a lo que, ya en la primera década del siglo XXI, se convertirá en uno de los “neos” del campo artístico: el bioarte.

Las razones de este interés artístico creciente hacia los desarrollos de la biología contemporánea son diversas. Por un lado, deben buscarse en la progresiva superación del tabú de la eugenesia que, en manos de los nazis, había convertido el vínculo entre genética y estética en una asociación proscrita. La práctica imposibilidad de trabajar en este ámbito en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial cuenta con una excepción, tan relevante como aislada, en la obra de Salvador Dalí quien, desde finales de los cincuenta, introduce la biología molecular (y muy especialmente la iconografía del ADN) en su obra. Por otro lado, el desarrollo del Proyecto Genoma Humano, iniciado en 1990 y culminado en 2003 con la publicación del borrador de la secuencia del genoma humano, abrió al debate público los avances y posibilidades de los nuevos desarrollos de la biología. La necesidad de explorar estas cuestiones desde una perspectiva crítica, en unos casos, y legitimadora, en otros, explica en parte la aproximación a esta cuestión desde ámbitos disciplinarios alejados inicialmente del ámbito científico, como es el caso del bioarte.

¿Qué es el bioarte?

El término que, en general, se ha utilizado para designar este ámbito artístico es “bioarte”, a pesar de que también se han propuesto otros, tales como “arte biotecnológico”, “arte genético” o “arte transgénico”, por citar solo algunos de ellos. “¿Qué es el bioarte?” es una pregunta que trata de simplificar una realidad que, en sí misma, es compleja. Sería más adecuado preguntarse “¿Qué son el bioarte?” ya que detrás de este término, formulado en singular, se esconde una variedad de prácticas muy distintas, en ocasiones antagónicas, tanto por lo que respecta a los medios utilizados, como a la intencionalidad y resultados obtenidos.

Una primera distinción que podría establecerse en las maneras de relacionar arte, biología y tecnología en el bioarte tiene que ver con los medios utilizados. En unos casos, el artista recurre a medios “tradicionales” (pintura, escultura, fotografía) para abordar temas relacionados con la biología y la tecnología, con resultados más que variados: escenas (de un carácter más o menos tecnófobo) en la que se representan OGM (Organismos Genéticamente Modificados); pinturas de cromosomas o de imágenes que reproducen técnicas como la electroforesis de gel; fotografías de laboratorios y de los especímenes que se pueden encontrar en ellos; instalaciones compuestas por reproducciones en tres dimensiones de organismos biotecnológicos… En otros casos, el artista utiliza los medios de la biología contemporánea como parte del proyecto artístico en obras que se sirven de materiales vivos (células, microorganismos y organismos complejos) y técnicas del laboratorio científico (cultivo celular, la ingeniería genética o la ingeniería de tejidos).

Lo que unifica al primer grupo es que se trata de proyectos que trabajan en el ámbito de la representación (representan un tema biotecnológico), mientras que las del segundo grupo lo hacen en el de la presencia (la obra en sí es un producto biológico, in vivo). En el primer caso, podríamos hablar de una “tendencia biotemática” (la biotecnología es un tema); en el segundo, de “tendencia biomedial” (la biotecnología es, además de un tema, un medio). En la tendencia biotemática encontramos a artistas tales como Salvador Dalí, Kevin Clarke, Gary Schneider, Suzanne Anker o Alexis Rockmann. En la tendencia biomedial, a artistas tales como Joe Davis, George Gessert, Marta de Menezes, Tissue Culture & Art o Eduardo Kac.

Eduardo Kac, "Natural History of the Enigma", 2003

Eduardo Kac, “Natural History of the Enigma”, 2003

La pertinencia de esta clasificación, que distingue entre una “tendencia biotemática” y una “tendencia biomedial” (que es, por lo demás, una de tantas posibles) viene reforzada por las profundas diferencias existentes entre una y otra por lo que respecta a la concepción, la realización, la exhibición y los efectos de la obra artística. Hay que pensar, por ejemplo, que el trabajo en la tendencia biomedial, es decir, el bioarte in vivo, comporta que la biología se aborda como material de trabajo, lo que implica que las obras tienen un “comportamiento” muy particular, donde el tiempo desempeña un papel fundamental. Del mismo modo, las implicaciones éticas son mucho mayores cuando se aborda la modificación de la vida en términos literales y no metafóricos. También el espacio de trabajo cambia completamente, ya que en muchas ocasiones se sustituye el tradicional atelier artístico por el laboratorio científico, donde los artistas acuden para aprender las técnicas que utilizarán en sus proyectos artísticos.

Cabe decir, como se advertía anteriormente, que la distinción entre una tendencia biomedial y una tendencia biotemática es tan solo una manera posible de analizar el fenómeno del bioarte, sin duda interesante porque visibiliza algunas cuestiones relativas a la obra de arte y sus circunstancias. Ahora bien, sería pertinente también atender a la intencionalidad de las obras de bioarte, así como a sus efectos e interpretaciones (que no siempre coinciden con las intenciones del artista, como sucede en cualquier otra manifestación artística). En muchos casos se presupone a las obras de bioarte una intencionalidad crítica (lo cual no es aplicable, ni mucho menos, a la totalidad de proyectos asociados al bioarte) y lo cierto es que existen distintos grados al respecto: en algunos casos, las obras no pasan de ser un ejercicio de divulgación, comentario o ilustración de una técnica o teoría biotecnológica; en otros, adquieren un tono de reflexión sobre las posibilidades y aplicaciones de la biología contemporánea; y, en otros, incluso, la obra adquiere un carácter activista, en el que el arte se pone al servicio de la reivindicación más explícita y militante.

Sea como fuere, el bioarte es una manifestación viva y, por tanto, en constante redefinición, en el que muchos artistas están realizando (y realizarán) sus aportaciones. Constituye, por tanto, una plataforma excepcional para entender algunos de los desarrollos (artísticos y no artísticos) que se están produciendo a principios del siglo XXI que será, para algunos, “el siglo de la biotecnología”.


*DANIEL LÓPEZ DEL RINCÓN es autor del libro “Bioarte. Arte y vida en la era de la biotecnología” (Akal, 2015).

 

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