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Primeras imágenes de la Bienal Antártica

Miquel Molina - Clarín
25/03/17

Estas aguas llevan el nombre de Pasaje Drake, por el corsario inglés, pero podrían recibir una amplia gama de adjetivos, en función de turbulencia de sus aguas.

Los cien participantes de esta primera Bienal de Arte de la Antártida no se han encontrado en estos primeros días de navegación desde Ushuaia con olas de veinte metros; pero el temporal con oleaje de más de cinco metros que encontramos nada más salir a mar abierto ha dejado a la expedición diezmada.

En estos casos, los hechos se desarrollan como en las películas de zombis. Estás desayunando junto a un artista que tiene un aspecto normal y de repente, con el zumo de naranja aún en la mano, su expresión se transforma radicalmente. Ya no está contigo. Ha pasado a pertenecer a “ellos”, a esa categoría que integran los pobres desgraciados que van a pasar las próximas horas agonizando en sus camarotes.

-¿Y aquella austríaca tan simpática?

-También ha caído.

-Cada vez quedamos menos.

-Sí. ¿Tú estás bien?

Hay que sentir cómo viene la ola y subirse a ella. No existe el remedio infalible, aunque uno acaba pensando que lleva mucha razón la científica interdisciplinar y violonchelista sueca Lisen Schultz, cuando sugiere un antídoto absolutamente natural. La doctora se dirige a una audiencia integrada por apenas dos decenas de supervivientes en una de las conferencias que organiza la bienal en la Communication Room, en las entrañas del barco. Shultz aboga por una adaptación razonable a la naturaleza: “Lo que tienes que hacer es sentir cómo viene la ola y subirte a ella, como surfeando. Espérala y acompáñala hasta que se vaya”.

Dicho así, parece broma. Pero quien siga el consejo, comprobará que tiene su lógica.

Ajeno también a las biodraminas (en nuestro botiquín llevan el nombre comercial de Dramamine), a los parches y a las pulseras antimareo, el líder de la Bienal, el artista Alexander Ponomariev, anima a enfrentarse al temporal cantando en el bar. Cánticos en ruso a los que se suma el magnate Eugene Kaspersky, el propietario del gigante de la ciberseguridad Kaspersky Lab, patrocinador principal de esta aventura antártica.

Al día siguiente no está claro si el temporal ha aminorado (el capitán dice que sí, tal vez sólo para dar ánimos) o si los cuerpos se han acostumbrado a las sacudidas. Pero lo cierto es que el lounge bar empieza a llenarse después de cenar. Pincha discos el artista brasileño Alexis Anastasious, que también ejerce de VJ (proyecta vídeos asombrosos en las paredes del local). Le ayudan Yasmina, una periodista nacida en Beirut que también ejerce de DJ en Nueva York, y la cantante, intérprete de sitar y neurocientífica Shama Rahman. El resultado, musicalmente hablando, es espectacular. Hay consenso en que las próximas bienales deberán contar con DJs residentes.

Por la noche, las corrientes de este mar remoto del planeta hacen bailar a su antojo al navío oceanográfico Akademik Alexánder Vavilov, que así se llama el navío. Las olas, el baile y el alcohol que fluye de la barra provocan situaciones más propias de un concierto de punk, pogos incluidos, que de una disco flotante. Cuesta sostenerse en pie y chocamos unos con otros.

La fiesta se prolonga hasta la madrugada y deja víctimas adicionales: un joven artista acabará durmiendo en el bar. Hay quien se ata a la cama para no caerse. Debajo, a miles de metros de profundidad, hay fosas pavorosas habitadas por el calamar gigante, ese animal casi mitológico al que nadie, en el barco, desea conocer personalmente.

Arte en aguas turbulentas. Fiel a la idea de que el arte necesita de visionarios para no quedar anclado, el promotor de la Primera Bienal de la Antártida ha cometido la osadía de embarcar a este heterogéneo grupo de artistas, filósofos, oceanógrafos y demás seres interdisciplinarios, procedentes de una treintena de países. Nuestra ruta, la franja de mar que separa el cabo de Hornos de la península antártica, donde las aguas polares convergen con las corrientes cálidas del continente generando un aquelarre de olas.

Si de lo que se trataba era de sacar al arte de su zona de confort y de llevarlo a un contexto de riesgo, Ponomárev y las entidades organizadoras, como la fundación barcelonesa Quo Artis, lo están consiguiendo. De entrada, en el propio making off de la Bienal. Julian Charrière, artista franco-suizo con residencia en Berlín, viaja sin la obra que había preparado porque una semana antes de partir se la incautó la policía alemana. Se trataba de un cañón con aires vintage que iba a lanzar cocos del atolón de Bikini sobre el hielo antártico. Un vecino entrevió el arma en su estudio y alertó a las autoridades, que pusieron en marcha una aparatosa operación antiterrorista.

Otros artistas aspiraban a introducir animales y plantas exóticas en sus performances, lo que suponía infringir las estrictas normas de protección de la Antártida. Y el argentino radicado en Berlín Tomás Saraceno tuvo un incidente con la policía argentina cuando intentó elevar su Aeroceno (un gran globo negro que supone “una declaración de independencia del hidrocarburo”) entre los contenedores del puerto de Ushuaia.

El lunes pasado, nuestro barco de artistas cruzó el círculo polar Antártico. A lo largo de la semana hubo varios desembarcos en la costa de la península antártica para que los creadores expusieran de forma efímera sus obras. Estas intervenciones darán la vuelta al mundo en exposiciones y películas documentales.

Por ejemplo, el brasileño Anastasiou quiere proyectar desde el barco su creación It’s cold out there sobre un gigantesco iceberg . La neurocientífica Rahman protagonizará sobre el hielo un concierto de sitar, mientras que el alemán Gustav Düsing levantará una tienda con apariencia de estructura de hielo, en reconocimiento de la forma arquitectónica más arraigada en una tierra de exploradores. Y así hasta una veintena de intervenciones.

La incógnita en esta Bienal es hasta qué punto los artistas van a ofrecer reflexiones realmente concebidas como una forma de reinterpretar la Antártida o si, en cambio, van a limitarse a utilizar sus hielos como una página en blanco que sirva de fondo exótico para sus creaciones. En definitiva, si van a utilizar los hielos polares como un mero escenario privilegiado o si van a cumplir el encargo de la Bienal de “explorar las nuevas fronteras del arte”. Existe un riesgo evidente de acabar alentando un modelo de desarrollo turístico indeseable, el mismo patrón que ha convertido la cumbre del Everest en el plató de un reality show. Pero también es cierto que este formato móvil de Bienal, en el que los artistas conviven en un espacio limitado con pensadores de diversos ámbitos (comparten hasta los camarotes), favorece el contacto de cara a futuros proyectos.El gran debate planteado es si la utopía antártica (un continente virgen que no pertenece a nadie) sigue vigente y hasta qué punto se ve amenazada por la llegada de más de 50.000 turistas al año.

No es esta la primera vez que los artistas exponen en la Antártida. De hecho, la base McMurdo puede llegar a albergar hasta 1.000 personas, por lo que cabe hablar de una pequeña ciudad en la que se ha visto de todo o casi todo. Pero nunca hasta ahora se había realizado una aproximación tan global en nombre del arte a estos hielos perpetuos. Esta aventura artística compartida podría verse como un cruce audaz entre los capitanes Cook y Nemo, el corsario Drake y su admirado poeta Espronceda.

Paisaje gélido para una tormenta creativa

Con el patronicio de Eugene Karspersy, el magnate detrás de la cibercompañía Kaspersy Lab, el buque esceanográfico Akademik Aleksander Vavilov zarpó el viernes 17 de marzo de Ushuaia y regresará el martes próximo a ese puerto argentino.

El tucumano residente en Alemania Tomás Saraceno (que participó desde Ushuaia pero no se embarcó) y Joaquín Fargas, que vive en el país y hoy pasea por los hielos su Glaciator, inaudito aparato caminador, son los dos argentinos que integran este proyecto único.

El buque oceanográfico lleva a un centenar de artistas, científicos, filósofos e inventores, bajo el programa del artista y marinero ruso Alexander Ponomarev. El objetivo que impulsa es generar proyectos de colaboración en la Antártida.

Entre los convocados figuran el renombrado arquitecto estadounidense Hani Rashid, de Estados Unidos; el alemán Gustav Dusing, el francés Julian Charriere; el inglés Matthew Ritchie; el chino Zhang Enli y el brasileño Alexis Anastasiou.

El comité a cargo de la selección de los artistas llevó la firma de la performer Marina Abramovic, el prestigioso crítico Hans Ulrich-Obrist, Sam Keller, Alfred Pacquement.

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