Electrónica en gravedad zero


14 /06/18

Tendencias El Mundo – Vanessa Graell

¿Cómo será la vida del hombre fuera de la Tierra? ¿Cómo se compondrá música? ¿Cómo se creará, en general? No es una utopía futurista. Son las preguntas que lanza The Zero Gravity Band, que hoy presenta en Sónar+D una instalación inmersiva para experimentar la gravedad cero. No es que vayamos a flotar, van a confundir nuestros cerebros.

El espacio exterior no es sólo para astronautas. Ni un escenario futurista para historias de ciencia ficción: cada vez es más ciencia y menos ficción (o ficción sólo en la medida en que surge de la creación de un artista: un cuadro tridimensional, una canción espacial…). Salvo astronautas, investigadores espaciales y multimillonarios, pocos terrícolas pueden experimentar la gravedad cero. Pero The Zero-Gravity Band, el dúo artístico formado por Marc Marzenit y Albert Barqué-Duran, apuesta por una nueva manera de crear y percibir la música: en gravedad cero, sin los condicionantes físicos de nuestra verticalidad. Su idea de fondo podría sonar a utopía futurista, a una locura de artista:¿Cómo sería la vida del hombre fuera del planeta Tierra?¿Cómo se puede pintar un cuadro en el espacio? Porque adiós a la acuarela y al óleo, que en una nave acabarían esparcidos por todos los paneles a lo dripping de Pollock sin gravedad… ¿Cómo componer música? Y, sobre todo, ¿cómo cambia nuestra percepción del entorno sin gravedad?

«Sí, puede parecer una idea alocada lo de vivir fuera de la Tierra. Pero ya se están programando los primeros vuelos espaciales turísticos. Elon Musk [físico y magnate de Tesla] está trabajando en los cohetes SpaceX. En 2021 se prevé inaugurar el primer hotel en el espacio y en 2030 se habla de colonizar Marte. No estamos tan locos. La conquista del espacio está pasando, es una realidad y se produce a un ritmo exponencialmente muy rápido», defiende Marc Marzenit, acostumbrado a las miradas de escepticismo, a ese arquear las cejas ante sus preguntas aparentemente imposibles. Preguntas del estilo: ¿cómo debería ser un piano para que se pueda tocar en Júpiter? Los pianos funcionan por un sistema de contrapesos, es decir, bajo las leyes de la gravedad (sin ella, resultaría imposible tocarlos). Marzenit es un virtuoso del techno y en sus composiciones electrónicas siempre desliza algo de clásica (basta escuchar su experimental Suite of Clouds). Y sueña con conseguir diseñar ese piano espacial. «Creo que tendría forma vertical y se tocaría así», imagina con las manos en el aire, como si sostuviera un bebé.

The Zero Gravity Band aún está en fase piloto. Ni siquiera hace un año que Albert Barqué-Duran y Marc Marzenit se unieron en este proyecto. Y hoy imparten una conferencia en el Sónar+D y presentan una espectacular instalación que recrea el ambiente de gravedad cero. No, no es que al entrar el visitante vaya a flotar, sino que emprende un viaje electrónico espacial. «No podemos eliminar la propiedad física de la gravedad, pero a través de inducciones artísticas [inputs sonoros y lumínicos] vamos a desequilibrar a la gente, a confundir nuestro cerebro para que interprete que está en gravedad cero», apunta Albert Barqué-Duran, que está desarrollando sus estudios de postdoctorado en la City University de Londres (breve resumen para entender su perfil de artista-tecnólogo: se licenció en Económicas en la Pompeu Fabra, cursó un máster de Neurociencia en la UB y se marchó a Londres para doctorarse en Ciencias Cognitivas). El caso es que Albert, un artista de aires velazquianos (tiene cierto parecido físico, si Velázquez hubiese llevado gafas redondas) combina las Bellas Artes tradicionales con los instrumentos más futuristas y tecnológicos. Lo mismo que hace Marc con su música.

La atmósfera sonora de la instalación se compone de algunos fragmentos que Marc logró tocar en su vuelo a gravedad cero. Albert no pudo acompañarle al no superar los estrictos controles médicos que se exigen para el vuelo. «El hecho de no poder volar, que es algo muy común, también suscita la reflexión de las limitaciones biológicas que tenemos como humanos», apunta Albert, en el antiguo Hospital de Sant Pau, en una de las flamantes oficinas del recinto modernista que ocupa la fundación Quo Artis. Una fundación internacional sin ánimo de lucro que apuesta por la intersección de ciencia y arte y que ha producido el proyecto. El año pasado, Quo Artis ya organizó una Bienal de Arte en la Antártida.

The Zero Gravity Band se sitúa en ese territorio fronterizo entre ciencia y arte. De hecho, la científica italiana Elisa R. Ferrè, directora del VeMELab (Vestibular Multisensory Embodiment) de la Royal Holloway University de Londres está investigando cómo los humanos experimentan la estética en condiciones de microgravedad. Y se une al tándem catalán para elevar el proyecto a la Agencia Europea Espacial, realizar un vuelo parabólico y recopilar datos científicos. «Se trata de crear un modelo neurocientífico sobre la experiencia estética basado en la influencia de la gravedad», explica Albert. Un ejemplo:en gravedad cero las curvas resultan mucho más bellas que las líneas rectas (en condiciones terrestres, los humanos sienten predilección por lo vertical).

Todo empezó con una musa. Como siempre. Salvo que ésta era generada por una inteligencia artificial. En 2017, Albert ya presentó la performance My artificial muse en el Sónar, en la que pintaba en directo a una musa generada por ordenador, con música de Marc Marzenit, cómo no.

Como toda buena obra de ciencia ficción, desde Asimov hasta Kubrick, The Zero Gravity Band acaba planteando cuestiones filosóficas:¿por qué irse de la Tierra? ¿Por qué destinar tantos recursos a la exploración espacial en vez de cuidar el planeta?

No es tan fácil como entrar en una habitación de la NASA y que algún científico apriete el botón de ‘Gravedad Cero’. Para experimentar la microgravedad hay que ir a Burdeos (Francia) y fletar un avión de la compañía Air Zero G, un Airbus A310 especialmente equipado. Habitualmente está ocupado por astronautas de la Agencia Europea Espacial y algunos pasajeros con (caros) caprichos aventureros. Y ahí estaba Marc Marzenit, entre tres astronautas franceses y una pareja rusa (por su aniversario, el marido le regalaba a ella un vuelo). «Uno de los astronautas era como una estrella de rock porque había hecho un ‘walking space’: se había pasado seis o siete horas colocando una antena en el espacio», cuenta Marc.

Para conseguir la gravedad cero el avión se eleva a 6.000 u 8.000 metros y los pilotos realizan entre 15 y 45 parábolas. Los pasajeros se encuentran en microgravedad durante 22 segundos. «Es una sensación muy extraña. Todo es ligero. Por inercia lo primero que haces es mover los pies y los brazos como si nadaras, pero no te mueves. Tienes que impulsarte con algo, con un pequeñísimo toque del índice ya te desplazas», cuenta Marc, que llevaba unos sensores especiales en el dedo para crear música con sólo el movimiento. También pudo tocar su teclado eléctrico (aunque a veces se le escapaba). «De los cinco minutos totales que estuve en gravedad cero sólo pude sacar unos cinco o seis segundos de melodía, el resto fue de experimentación. La verdad es que estaba muy tenso. La gravedad cero puede ser muy hostil», admite. Y a partir de esos segundos y de esos sonidos experimentales luego compuso la banda sonora atmosférica de su instalación.

Durante su vuelo parabólico también experimentó la gravedad lunar («es como moverte a cámara lenta: saltas, pero estás mucho rato suspendido en el aire») o la gravedad marciana (de un tercio respecto a la de la Tierra).

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